Túpac Amaru en Miraflores

El Túpac Amaru de Cherman Miraflores, Lima, lunes 19 de julio, por la tarde-noche, a media cuadra del malecón. Hay un despliegue de patrullas, serenazgos y policías frente a un edificio nuevo, de esos que el boom inmobiliario construye por todo el malecón y cuyos precios solamente pueden ser alcanzados por potentados. Los acompañan varios periodistas, pero los guardianes del orden no autorizan a los informadores a sacar sus aparatos para fotografiar y grabar el “delito” que los congrega ahí. Se trata de una bandera del Perú tendida en un balcón del edificio (normal en el mes patrio: en cada casa ondea la bicolor). Al centro, sobre la franja blanca, la bandera del crimen lleva estampado el rostro de José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II; uno de los más importantes héroes del panteón histórico del Perú, que a fines del siglo XVIII encabezó una revolución emancipadora contra la autoridad colonial (culminada con su derrota y una cruel ejecución del líder), y se convirtió en verdadero precursor de la independencia latinoamericana aun antes de que los criollos de toda Hispanoamérica empezaran a pensar en su posibilidad.

El retrato de Túpac Amaru II en la delictuosa bandera no es, sin embargo, ninguno de los que se conocen por los libros de historia del Perú; tampoco es el que utilizó el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) como distintivo, sino una versión reciente, elaborada por el diseñador gráfico Cherman (Germán Kino Ganoza), que está muy de moda entre los clasemedieros “progre” de la ciudad, y que forma parte de su comercialísima serie de retratos pop de personajes de la historia y la cultura peruanas. Lo que destaca en este Túpac Amaru II, es la intensidad del rojo sangre que le llena el rostro. Pero esta muestra de nuestro esnobismo cultural asusta a vecinos, policías y periodistas por igual (bueno, a estos últimos no los asusta, solo les promete buenas ventas). Como se parece demasiado a la bandera del MRTA (grupo terrorista que alcanzó fama mundial con el secuestro de la embajada del Japón en 1996), los ultraconservadores vecinos de Miraflores denuncian la presencia de emerretistas en su barrio, algo que es posible en el clima paranoico generado por la reciente liberación de famosos presos por terrorismo que han cumplido sus condenas conforme a la ley. (En realidad, ha pasado apenas una década desde el final de la guerra interna en el Perú; las huellas están frescas, las heridas abiertas, el miedo agazapado detrás del desconcierto que nos “moderniza”.)

Bandera del MRTAResulta que el propietario del flamante departamento del que cuelga la ilegal efigie de Túpac Amaru II es un publicista amigo del diseñador Cherman. Y resulta también que no es por suponerlo subversivo o miembro del grupo terrorista que se le llama la atención desde el punto de vista policial, sino porque existe una ley que prohíbe la modificación de los símbolos patrios. El publicista tiene que ir a declarar, lleva abogado, pide disculpas, descuelga la bandera, argumenta que no conocía la disposición legal que prohíbe la modificación de los símbolos patrios, que él solo estaba homenajeando al Perú a través de ese héroe, y no pretendía desatar ninguna amenaza, ni nada parecido. La prensa, sin embargo, explota el escándalo.

En el estilo peruano de informar hay una editorialización permanente, y con excepciones muy contadas, esta transmisión de opinión, que forma tendencia, es extremadamente conservadora. Un ejemplo reciente (que influye en el caso de nuestra bandera tupacamarista) es el de Lori Berenson, estadounidense involucrada con el MRTA, que en 1996 fue acusada de traición a la patria y condenada a cadena perpetua después de un juicio militar, bajo la dictadura fujimorista. El gobierno de transición de Valentín Paniagua, en 2000, le otorgó a Berenson un juicio civil, que la encontró culpable de colaboración con el grupo guerrillero, y redujo su condena a veinte años. Ha cumplido quince, y su buen comportamiento le ha otorgado libertad condicional, obligada a permanecer en el Perú, y con posibilidad de ser deportada antes del cunplimiento de su tiempo. Al salir de prisión, Berenson se trasladó a Miraflores, distrito conservador por excelencia; los vecinos reclamaron sentirse amenazados y la prensa explotó el escándalo provocando una ola de noticias y comentarios sobre los peligros de la liberación de los terrucos, sobre la cara negativa de la amnistía, y sobre todos esos temas que hasta hoy impiden que la “reconciliación” nacional sea un hecho.

Con ese cariz de opinión, la prensa abordó el caso de la bandera de Cherman. Escándalo, cuestionamiento a la labor del artista, provocación de la injusta atención vecinal y policial sobre “esa gente” que se pone las camisetas que hace Cherman y vuelta al conservadurismo y la intolerancia. El eco en el artista, en el publicista acusado, en el sector de izquierda de clase media acomodada (la izquierda caviar), fue de denuncia contra la intolerancia: “Es como si en Miraflores se diera, este, un… un ajusticiamiento, ¿manyas?”, dijo el artista al ser entrevistado, mientras que el periodista Álvarez Rodrich no dudó en calificar el caso como uno de “macartismo”). El publicista, a través de su abogado, después de pedir las disculpas referidas, se justificó diciendo que esa imagen se ha presentado públicamente hasta en la Cancillería, en exposición oficial del artista que la creó; se quejó de la intolerancia de los vecinos. En el perfil de Cherman en Facebook había comentarios que exigían al artista y al publicista que no pidieran disculpas, que ejercieran el derecho de libre expresión. En la entrevista vinculada renglones arriba, Cherman se quejó hasta con el MRTA por arrebatarnos la efigie del héroe y comenzó una lucha heróica (mediáticamente heróica) en la que incluso reclama que se le reconozcan “más de veinte años de trabajo por la cultura”. Y la izquierda caviar tiene un nuevo héroe contra la intolerancia y contra la falta de profesionalismo de la prensa, producido, precisamente, por los comentarios irresponsables de los periodistas que cubrieron el caso, y que no podrían ser más idiotas (para muestra, este video de un canal de TV, reproducido en el portal de El Comercio). Todo eso está muy bien; habla al menos de la existencia de un sector de la sociedad peruana, cultivado, preparado y que piensa de una manera más o menos democrática, más o menos incluyente.

Sin embargo hay un factor que no deja de inquietarme. El retrato de Túpac Amaru II de Cherman es bueno y el rescate del héroe como símbolo, que lo libre también de su rigidez despolitizada en el texto oficial de historia, necesario. Pero puesto en una tela rectangular, sobre una franja blanca entre dos franjas rojas, verticales, no solo lo hace políticamente significativo, lo hace también ilegal. Independientemente de sus implicaciones atavistas o reaccionarias, hay una ley y una reglamentación que lo prohíben expresamente y que marcan pena de cárcel, de hasta cuatro años, a quien la infrinja (el portal de Ministerio de Justicia, www.minjus.gob.pe, está fuera de línea ahora, por lo que no puedo vincularlo). Así de simple. Y las leyes, cuando no estamos de acuerdo con ellas, se deben discutir democráticamente. En el congreso hay representantes, por los que se ha votado, y a los que se debe exigir que representen este tipo de intereses ciudadanos; ése es su trabajo. Mientras esto sucede, mientras se discute el valor de los símbolos patrios y la forma adecuada de honrarlos o dejar de hacerlo, la ley se tiene que respetar. El llamado a violarlas, a defender la bandera de Túpac Amaru en el balcón de Miraflores, no es la vía democrática. Aconsejado por el abogado, el publicista pide disculpas para safarse de un proceso que tendría que llevarlo a prisión, porque así está escrito en el artículo 134 del Código Penal. Y por supuesto, no se trata de un luchador social ni de un líder político, ni, mucho menos, de un subversivo. La cárcel no está en su perspectiva. En su perspectiva está su departamento de lujo en el malecón de Miraflores, su próximo cliente, su nueva capaña publicitaria.

Si bien el Perú, como México, no es un país en el que la gente sea conciente de sus leyes, me sorprende que un publicista desconozca una ley que afecta directamente la materia de su trabajo. Y, si la conoce, ahí hay una violación consciente de una norma, y después una mentira ante las autoridades. Hay un gran nivel de irresponsabilidad entre todos aquellos que generan información para la ciudadanía, de izquierda, de derecha; publicistas, artistas, periodistas por igual, y esto no ayuda a resolver el clima de intolerancia que nos envuelve. La tarea de revisar las normas que regulan nuestra convivencia, ¿no debería abordarse de otra forma?

Género aparte (vicisitudes de editor)

Hace algunos años, recién llegado yo al Perú, me presenté ante la directora del Fondo de Cultura Económica –que había venido a Lima a poner orden– como candidato al puesto de gerente de su filial peruana, que ella acababa de descabezar. La experiencia editorial que ya tenía y probablemente también mi entusiasmo, y el hecho de ser mexicano, y quizá un par de palabras de alguien que, en México, le había hablado bien de mí, me dejaron en el cargo. Lo ocupé durante poco más de dos años, con un sueldo de hambre y contra la coalición de los empleados que, con una o dos excepciones, simplemente no me querían ahí. Un sabotaje que contaré algún día.

El caso es que en esa posición, mientras trabajaba para hacerle un lugar de nuevo a la editorial, que estaba a la sazón de capa caída, con las finanzas quebradas por los excesos administrativos del priismo, con inventarios viejos, cargosos e inútiles, y con instalaciones que estaban a punto de desplomarse, pude conocer a un gran número de personalidades de la cultura, la literatura, la educación, la política y la empresa.

Pronto empezaron a visitarme muchos escritores, conocidos y por conocer, al tiempo que aprovechábamos la bella casona de Miraflores que ocupaba el Fondo para hacer exposiciones de arte, lanzamientos de libros, charlas, conferencias. Durante esos dos años leí decenas y decenas de manuscritos y, aunque solo llegué a publicar dos –por culpa del sabotaje que recordaba más arriba– intenté por muchos medios darle cauce a escritores que, según mi entender, tenían valor y podían competir con oportunidad en un mercado magro y dominado por las grandes transnacionales. Así se reeditó La tristeza según San Antonio, de Rafael Moreno, en Editorial San Marcos, siendo hasta hoy un éxito de ventas que se reimprime cada año; se publicó El mascarón de proa, estupenda colección de cuentos fantásticos de Pepe Güich, uno de los títulos fundadores del catálogo del exitosísimo Grupo Editorial Mesa Redonda, y salieron los estridentes ensayos de La novela andina. Tres manifiestos de Zeín Zorrilla, que se han extendido a través de Sarita Cartonera en edición artesanal y de la red en edición digital, y muchos otros libros (al grado que sigo evaluando fundar una agencia editorial).

Debo aclarar que no soy prejuicioso y que creo en la posibilidad de éxito de cualquier manuscrito. Nunca rechazo un manuscrito a priori y leo todos los que caen en mis manos (es, creo, la mayor responsabilidad de un editor). Un día, durante los que serían los últimos meses de mi gestión en el FCE, me visitó un escritor inédito que había llegado ahí sin mediación alguna. Con un voluminoso manuscrito bajo el brazo. Se trataba de un hombre maduro, casi completamente calvo (el pelo que le quedaba era blanco) y muy delgado, pero no viejo. Conversamos muy agradablemente por un rato y le prometí que leería su manuscrito aunque, dadas las circunstancias de la editorial en ese momento, lo más probable era que no pudiera publicarlo.

“No importa. Léelo y dime qué opinas”, pidió. Era lo primero que escribía en su vida, la cual había pasado de aventura en aventura, tan disparatadas como resultó ser su novela. Es un tipo, de verdad, medio loco. Su larga novela no está mal escrita, tiene una prosa fluida y contiene acá y allá verdaderas joyas humorísticas; hay anécdotas de morirse de la risa. Pero no tiene ni pies ni cabeza; es una especie de Ulises por casualidad, un Palinuro sin erudición, una gran broma sin argumento, sin historia. Pero tan divertida, como anecdotario de sus precarios personajes, que podría tener buenas ventas con algo de promoción.

Así que le propuse que se la ofreciera a una editorial muy chambeadora que no necesariamente ponía mucho cuidado en su catálogo y que incluía en él la figura de la “coedición autor-editor”. Es decir, le expliqué al escritor, que si este editor le ve un potencial claro a tu novela, la va a publicar por su cuenta, y si no lo ve, te propondrá que tú pagues la mitad de los costos y te hagas cargo de la comercialización de la mitad del tiraje. El escritor se mostró convencido, y así fue que lo puse en contacto con el editor. Recomendé su novela con esos valores que yo le había encontrado y ellos, al final, firmaron su contrato. Yo no obtuve más que la satisfacción de haber canalizado otro manuscrito a la fábrica de libros.

El libro se publicó (no me gustó mucho la carátula) y vino el momento del lanzamiento. El autor, muy movido, consiguió financiamiento para un evento de altos vuelos, en uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad y, quizá porque yo había tenido comentarios positivos para la obra, quizá por agradecimiento a mi intervención en el proceso editorial, el autor me pidió que la presentara. Dije que sí, por supuesto, y como no quería sentirme solo ahí, le propuse que me dejara darle el libro a un amigo y si le gustaba, invitarlo a presentarlo también. Este amigo, un poeta, narrador y periodista cultural de polémico reconocimiento, aceptó amablemente el reto y dimos por fin a luz el mamotreto. Tan tán. Ahí se terminó la historia. Poco después dejé el FCE y dejé el mundillo literario (me fui al mundo de la edición ambientalista en una ONG), debo confesar que un poco asqueado de la vanidad de los autores y de la rapiña de los editores.

Hasta hace más o menos un mes. El escritor me dijo, ese día que llamó por teléfono, que había pasado todos estos años (casi seis) buscándome sin poder dar conmigo (es un iletrado digital; todo el mundo tiene mi correo electrónico). Por fin había conseguido mi nuevo número y necesitaba ver qué se podía hacer para resolver los problemas que tenía con su editor, sobre todo ahora que una editorial importante se interesaba por él. Que el libro no se había vendido para nada porque el editor no lo había distribuido; que no había impreso la cantidad de ejemplares acordada, que no le había entregado el número de ejemplares que le correspondían y que encima reclamaba el pago de un dinero por los costos de la edición. Pero, ¿no fue ese el acuerdo al que llegaron?, le preguntaba yo. Que no, que no fue ese. Ay, autor, pues qué mala fortuna, que horror que no hayan salido las cosas como esperabas, siendo tu libro tan divertido… Por cierto ¿has escrito esa secuela de la que me hablaste?…

El caso es que, como yo sigo teniendo amistad y proyectos con ese editor, acabé ofreciéndome, de nuevo, a averiguar qué pasaba. Fui a visitar al editor, le conté lo que me había dicho el escritor y le pedí que me permitiera ver el contrato que habían firmado. Me mostró, además, los movimientos de almacén del título, las ventas, muy escasas, que había logrado a través de sus propios canales de distribución y el stock que le quedaba. El contrato es definitivamente ventajoso; le permite al editor no responsabilizarse por la distribución ni la promoción, que corresponden al autor, y le permiten también no producir los libros que le tocan. Es decir, el costo de producción se calcula sobre dos mil ejemplares, pero se producen solamente mil, para ser entregados a este autor que tan urgentemente quiere ver su libro impreso. Obviamente, como coedición, el autor debe pagar esos ejemplares y venderlos por su cuenta. Así que al final, el editor no puso nada (porque no estaba en realidad comprometido a hacerlo) y el autor no pudo vender lo que puso. Y no pagó toda su parte, que es por lo cual el editor no suelta los ejemplares que le quedan y no libera los derechos del libro.

Horrible contrato, pero ahí está todo claro y está también la firma del autor, que debió haberlo pensado dos veces antes de firmar. Entonces regresé con él y le dije que la solución era que terminara de pagar su parte de los libros producidos para que el editor le diera el resto del tiraje y aceptara firmar una addenda de liberación de derechos. Con eso yo pensé que había cumplido con él y que no podía hacer nada más. Pero me sigue llamando. Me vuelve a preguntar, oye ¿y ya hablaste con él? ¿Cuándo vas a hablar con él? Hoy, por fin, harto de que suene el teléfono y vuelva a ser él, que no llama para saludar o para invitar una copa de vino, me decido a hablar fuerte y le digo que ya intervine hasta donde podía hacerlo; que yo no obtengo nada de todas estas gestiones (odio trabajar gratis y no soy su agente) y que él tiene un desacuerdo con el editor que tiene que resolver personalmente. “Pero tú me dijiste”. Pero tú, madres (pienso mientras hablo por teléfono)… Discúlpame, no puedo hacer nada más. No leí ese contrato antes de que lo firmaras; no supe cómo habían resuelto ustedes su edición y ya intervine hasta donde mi buena voluntad podía llegar. Habla tú con él.

Se le acabaron al autor las palabras amables, las preguntas por mi trabajo, por mi vida, por mis hijos. Se le acabaron las ganas de terminar, como siempre, nuestras conversaciones con un “a ver cuándo nos tomamos un café”. Vaya, ni siquiera se despidió. Ya lo veo, en el peor de los casos, contándole a los periodistas que pueda alcanzar cómo los editores lo han esquilmado, tanto el suyo como ese Carlos Maza, que lo ha puesto en las garras de maleantes y ahora se lava las manos.

Ay, los editores somos especie interesante, pero los autores, género aparte.

Rarezas del sindicalismo en el Perú

Esta mañana, alrededor de 40 empleados de la tienda de departamentos Ripley hacían un plantón a la entrada de su centro laboral; sostenían grandes pancartas en las que manifestaban sus demandas, y, con tambores y pitos hacían una bulla capaz de apagar los altavoces con reguetón del aparador que anunciaba, detrás de ellos, regalos para el día la madre.

Es una imagen que me calienta el día. Tiene energía. Tiene esperanza. Plantea la obligación de solidarizarse en una ciudad en la que cualquier protesta callejera es automáticamente condenada a formar parte de la enciclopedia de lo inaceptable, lo intolerable. Desde que vivo en esta ciudad, no he leído, visto ni oído jamás una noticia sobre movilizaciones sociales en la que el medio que la publica no las desapruebe. Es, desde el punto de vista de la prensa y la opinión pública, “lo que no se hace”. Una maliciosa operación ideológica tiende a convertir cualquier disidencia, cualquier protesta en un lastre para el desarrollo nacional. Se vería con muy buenos ojos la suspensión de los derechos de los trabajadores, en un país que cuenta con una de las más avanzadas legislaciones laborales, pero que simplemente no se aplica.

La protesta de los trabajadores de Ripley es significativa, además, porque surge de una de las instituciones paradigmáticas de la posmodernidad: la tienda de departamentos, el palacio del consumo, el lugar a donde vamos para poder producirnos a nosotros mismos como la mercancía que la sociedad quiere que seamos, como dice Zigmunt Bauman en su Vida de consumo; el lugar donde cualquier agrupación, cualquier colectivo social, pierde el sentido frente a la necesidad imperiosa de individualización que nos acosa.

Sin dejar nunca de condenarlo, se suele ver con cierto grado de normalidad un bloqueo de mineros artesanales en Arequipa o una protesta de comuneros en la selva (se ve con la misma normalidad la represión desatada contra estos movimientos, de la que resultan siempre saldos rojos); como si lo normal fuera eso, aplastar el disenso con el uso de la fuerza pública legítima. Una protesta de cajeras, demostradoras, empacadores de una tienda, se ve con una desaprobación inusitada. Me detuve a sacarles unas fotos y su primera reacción fue de detenerme: para ellos, yo estaba documentándolos para criticarlos o denunciarlos. Me acerqué, les di palabras de aliento y pregunté por los motivos de la movilización, apuntando que mi intención era ayudar a difundir las condiciones inhumanas en las que trabajan. Porque trabajan jornadas de 12 horas. Porque no les reconocen tiempos extra. Porque los obligan a firmar contratos ladrones. Porque les pagan salarios de hambre. Porque los despiden sin liquidarlos al cumplir contratos “de prueba”. Porque, simple, llanamente, los explotan.

Esa situación es nacional. Apenas un 30% de los trabajadores en el Perú tienen un empleo fijo. En su mayoría cumplen horas extra; en su mayoría están fuera de cualquier revisión salarial anual; en su mayoría, aceptan esas condiciones calladamente porque el desempleo es peor. Y porque, en su mayoría, especialmente los trabajadores de pequeñas y medianas empresas, no tienen una organización que los represente, que defienda sus intereses, y esto se da en un clima de condena generalizada a lo que debería ser un derecho: el de asociación y dignificación del trabajo.

Lo más probable es que esta manifestación de hoy en la mañana desaparezca sin dejar rastro. Los despedidos se quedarán en la calle y serán sustituidos por una nueva oelada de jovencitos agradecidos por pasar a formar parte de tan representativa institución, y a su vez, serán despedidos y sustituidos cuando venza su contrato. Los más, preferirán la calle que la acción sindical como la de esta mañana, llevada a cabo por verdaderos valientes.

Vaya mundo de cabeza.

Claxon

Esta mañana, como todas, salí a buscar mi taxi en la esquina de Avenida del Ejército y la calle Manuel Tovar. Hace un par de meses pusieron ahí, por fin, un semáforo. Antes de la existencia del semáforo, cruzar Avenida del Ejército era una aventura peligrosa, un auténtico deporte de alto riesgo, especialmente si lo intentabas con niños enmochilados rumbo a la escuela. Pero desde que pusieron los postes con sus tres universales luces de colores, uno simplemente debe esperar a que les pongan la luz roja a los que vienen por la avenida, a que terminen de pasársela los tres o cuatro que, necesariamente, se tienen que zurrar en ella, y entonces puede uno cruzar sin demasiado peligro.

Hoy, sin embargo, el conductor de un carro nuevo y elegante que salía de la gasolinería que está al otro lado de la avenida, decidió que no tenía por qué dar la vuelta a la manzana, si ahí nomás, frente a él, estaba el cruce. Así que salió de la gasolinería, se metió en sentido contrario sobre Manuel Tovar y cruzó, a las malas, la Avenida del Ejército, interrumpiendo su tránsito intenso que en ese momento contaba con la luz verde. Así, sin complejos, sin prejuicios, sin pensarlo dos veces.

Los justificados bocinazos contra este cínico conductor no se hicieron esperar. Un estruendoso concierto de bip-bips, tatatás, tirulirus y uiuius decoró la huída del señor que no podía esperar, mientras todos lo mirábamos, anonadados e indignados, continuar feliz y libre su camino hacia Barranco.

Los que circulaban por la avenida y no pudieron cruzar la calle Manuel Tovar por culpa del animal, teniendo el verde derecho a hacerlo, se dieron con que una vez pasada la infracción impune, la luz cambió a ámbar y casi de inmediato a rojo. Se la pasaron los tres de rigor y el resto tuvo que esperar. Fue mi momento para cruzar la avenida y colocarme en la esquina de la parada de combis, donde cada día espero el taxi para irme a la oficina.

Durante todo este proceso, breve desde el punto de vista del reloj pero eterno desde el de los interesados, el concierto de bocinazos no se detuvo. Apenas aminoró: los que lograron pasar dejaron de tocar los suyos y los que asumieron la luz roja, un poco después, también cedieron.

Había tres taxis en línea buscando pasajero. Aprovechando que estaban detenidos por la luz roja, consulté al primero, que no sabía muy bien dónde quedaba mi destino, así que demoró en decirme su presupuesto. Resultó demasiado caro y me dirigí al segundo. Mientras me acercaba, la luz cambió a verde. Instantáneamente se volvió a escuchar un claxon, fuerte, insistente, poderoso; me di cuenta de que era uno de los más destacados solistas durante el concierto de unos minutos atrás, y esta vez estaba dirigido precisamente a mí, que en ese momento dejaba pasar al segundo taxi pues el chofer no deseaba ir a San Isidro (así es en Lima, el servicio público que brindan los taxistas depende, primero, de si están de humor para darlo).

El claxon solista pertenecía a una fabulosa Jeep enorme, negra, brillante, y lo tocaba virtuosamente y con decisión una señora de mediana edad, con grandes lentes oscuros, que consideraba que su derecho a pasar inmediatamente, ya violentado antes por el loco del altercado, era nuevamente cercenado por el estúpido con mochila que no se decidía a subirse a un taxi.

Como la luz había cambiado, yo no hice ademán de detener al tercer taxista, pero él me había visto dejar pasar a los dos que estaban delante, así que se detuvo frente a mí para ofrecerme el servicio. No estoy seguro de si debí dejarlo pasar o no; desconozco si existe en el nuevo Regalmento de Tránsito de Lima un artículo que prohíba expresamente a un peatón hacer la parada a un taxi o combi durante la duración de la luz verde de una avenida. Intuyo que no, que al esperar a un taxi en un paradero autorizado, yo estaba en mi derecho de detenerlo sin importar si la luz era de un color o de otro. Pero, a través de su potente claxon, la señora de la Jeep sonaba como alguien que tiene el derecho de paso por encima de todos los demás.

Debo haber tardado no más de treinta segundos en plantearle al taxista mi destino, aceptar su propuesta económica sin regatear y abordar el auto por la puerta trasera. Durante ese tiempo, el claxon de la señora no descansó. La luz volvió a cambiar a ambar. El taxista esperó porque delante de él se había metido una combi y estaba subiendo pasajeros. La combi se pasó la luz roja y se fue, pero mi taxista, ya conmigo a bordo, se tuvo que esperar. Todo esto entre los tata-tatáta de la elegante señora indignadísima porque, carajo, todos esos pobres cholos de a pie no la dejaban llegar a donde seguramente hacía rato la esperaban (¿qué otra razón que estar tarde podría tener alguien para comportarse así, con tanta furia y tanto bocinazo?)

Los primeros segundos de esta nueva luz roja fueron todavía acompañados por la indignación sonora de la dama. Por fin su serenata se detuvo al asumir que habría que esperar hasta que el semáforo cambiara nuevamente, para recomenzar en el instante exacto en que el verde nos volvía a favorecer.

Debo admitir que reprimí las ganas de decirle al taxista que no avanzara solo para joder a la tía. Ya solamente voltee para dedicarle una expresión de burla, pero mi chofer, probablemente nervioso por la presión, avanzó de inmediato y se dio un terrible banquetazo al dar la vuelta a la derecha sobre Manuel Tovar, siguiendo mis indicaciones sobre la mejor ruta a San Isidro.

La furibunda señora de la Jeep siguió de frente con el claxon activo. Todavía alcancé a escuchar un par de notas más dirigidas a quién sabe qué nueva injusticia que se atravesaba en su camino, para llegar al final a su cita con amigas en el café San Antonio, donde todas le dirían lo elegante y distinguida que es, con su vida ejemplar, su camioneta prepotente, sus grandes lentes oscuros de diseñador ocultando el odio con que mira a esos cholos que caminan, suben y bajan de esas combis y taxis llenos de frases, calcomanías y colguijes, e interrumpen su camino con su fealdad y su huachafería, obligándola a llegar tarde.

Ah, el tránsito en Lima. Cada día, una aventura digna de ser contada.

Pegamento

La funcionaria levanta el auricular: “Oficina de tal por cual…”. Pasa un momento de silencio y su rostro se endurece. El ceño se le frunce y al final habla en voz alta, negando categóricamente aquello que alguien le solicita al otro lado de la línea. “Las condiciones no son favorables”, “el área no es competente”, “el tiempo ha caducado”…

Mientras habla, con el auricular apoyado en el hombro para dejar las manos libres, toma con ellas una botellita de yogurt bebible. Desenrosca la tapita y, en lugar de darle un trago, que es lo que se podría esperar, mete directamente el dedo, que sale mojadito en líquido blanco. No se lo lleva a la boca. Unta el líquido en un papel sobre su escritorio que luego voltea y golpea sobre otro: ¡es pegamento blanco!

Todo puede suceder en una oficina burocrática. Mientras pega sus papelitos con pegamento-yogurt, sigue hablando con su interlocutor. Sigue negando y los golpes a los papelitos son cada vez más fuertes y sonoros, casi rabiosos.

La mujer debe pasar ocho o nueve horas iguales a ese momento que me toca ver. Diario, semana tras semana hasta que llegue… ¿Hasta que llegue qué? ¿Su jubilación? ¿La oferta laboral de una empresa que la saque por fin del Ministerio para seguir pegando papelitos del sector privado? ¿Un milagro o un marido?

Por fin cuelga. Con expresión de impaciencia tapa la botellita de yogurt y la deja ahí, sobre el escritorio. A la mejor mañana se le olvida y se toma el pegamento.

(Transcripción de libreta: ¡todavía escribo a mano!)